La inteligencia artificial se ha convertido en un factor clave en la lucha contra el cambio climático, pero su rol es tan prometedor como controvertido. Según un análisis crítico, esta tecnología puede ser al mismo tiempo una aliada estratégica y también una amenaza silenciosa, según cómo se implemente y regule. Su capacidad para transformar industrias y optimizar recursos la posiciona como una herramienta esencial, pero también plantea desafíos urgentes en términos de sostenibilidad y desinformación.

En el ámbito de la eficiencia energética, la IA ha demostrado ser un recurso invaluable. Las industrias pueden reducir su consumo de energía mediante algoritmos que optimizan procesos y minimizan el desperdicio. Además, su aplicación en la agricultura de precisión permite un uso más racional del agua y una disminución en el empleo de agroquímicos, lo que beneficia tanto al medio ambiente como a la productividad. Estos avances son especialmente relevantes para los países del Sur Global, donde los efectos del cambio climático son más devastadores y los recursos, más limitados.

Otro de los aportes más significativos de la IA es su capacidad para desarrollar modelos climáticos predictivos. Estas herramientas permiten anticipar fenómenos meteorológicos extremos, como sequías o inundaciones, y diseñar estrategias de mitigación más efectivas. Para regiones vulnerables, esta información puede marcar la diferencia entre la adaptación exitosa y la crisis humanitaria. Sin embargo, el potencial de la IA no se limita a la predicción: también puede mejorar la gestión de recursos naturales y la planificación urbana, y contribuir a lograr ciudades más resilientes.

No obstante, el lado oscuro de la IA comienza a manifestarse cuando se analiza su impacto ambiental directo. Los centros de datos que sostienen su funcionamiento consumen cantidades masivas de energía y agua, generando una huella de carbono que podría contrarrestar sus propios beneficios. Si no se adoptan medidas para reducir este consumo, la IA podría convertirse en un factor que agrave el cambio climático, en lugar de combatirlo. Este dilema plantea un desafío técnico y ético para gobiernos y empresas, que deben equilibrar la innovación con la responsabilidad ambiental.

A esto se suma el riesgo de la desinformación, un problema que ha ganado relevancia en los últimos años. La IA puede ser utilizada para crear y difundir contenido falso, como *deep fakes* o noticias manipuladas, que alimentan el discurso de los negacionistas del cambio climático. Esta amenaza fue destacada durante la apertura de la COP 30 en Brasil, donde se advirtió sobre el peligro de que la tecnología socave los esfuerzos globales por construir consensos científicos y políticos. La proliferación de información engañosa no solo confunde a la opinión pública, sino que también debilita la voluntad colectiva de actuar.

La COP 30, que se celebra en Brasil, ha colocado a la IA en el centro del debate climático. El objetivo es explorar cómo aprovechar sus ventajas sin ignorar sus riesgos, buscando un marco regulatorio que garantice su uso responsable. Los participantes de la cumbre reconocen que la tecnología no es neutral: su impacto depende de las decisiones que se tomen hoy. Por ello, se discuten propuestas para limitar el consumo energético de los centros de datos, promover la transparencia algorítmica y combatir la desinformación con herramientas de verificación.

El equilibrio entre innovación y sostenibilidad es el gran reto que enfrenta la comunidad internacional. La IA ofrece soluciones revolucionarias para enfrentar la crisis climática, pero su implementación debe ser cuidadosamente supervisada. Esto implica no solo avances técnicos, sino también acuerdos globales que prioricen el bien común sobre los intereses particulares. La COP 30 representa una oportunidad histórica para sentar las bases de una gobernanza tecnológica que proteja el planeta y a sus habitantes.

La información surge de la columna de Sebastián Di Domenica en Canal E:


 

https://youtu.be/dZYyKGE3Xvs?si=5_DAWn-rh8DdPn9K)