La expansión global de los data centers dedicados a inteligencia artificial ha encendido alarmas por su impacto ambiental y social. Estas infraestructuras, esenciales para el procesamiento masivo de datos de la IA, generan conflictos en tres frentes críticos: el consumo desmedido de energía, el agotamiento de recursos hídricos y la contaminación, tanto acústica como atmosférica. El debate en Argentina adquiere relevancia ante la posible instalación de un mega proyecto en la Patagonia, que plamtea amenazas concretas.
El primer gran desafío es el consumo eléctrico. Los centros de datos operan las 24 horas con un hardware de alta demanda (GPU s), lo que exige una cantidad de energía equivalente al consumo de ciudades enteras. Este requisito no solo presiona las redes eléctricas existentes, sino que también plantea interrogantes sobre la sostenibilidad a largo plazo, especialmente en regiones donde la infraestructura energética ya está al límite.
El segundo problema, y quizás el más urgente, es el estrés hídrico. Para refrigerar los potentes procesadores, estos complejos requieren millones de litros de agua dulce, un recurso cada vez más escaso. Experiencias en Estados Unidos demuestran cómo lagos y fuentes locales se han visto afectados de manera muy grave por la presencia de data centers, un escenario que la Patagonia argentina no puede permitirse, dado que ya enfrenta tensiones por el acceso al agua.
La contaminación es el tercer frente de preocupación. Los data centers emiten gases de efecto invernadero debido a su alto consumo energético, generalmente basado en combustibles fósiles, y generan un ruido constante por los sistemas de refrigeración y los servidores. Este impacto ambiental se suma a la presión sobre las comunidades cercanas, que ven afectada su calidad de vida sin recibir beneficios directos. Por estas diversas razones, los data centers son rechazados por estados y ciudades, y en muchos lugares de EEUU y Europa imponen prohibiciones a su instalación.
Argentina se encuentra en una encrucijada. Por un lado, el país tiene un potencial energético único gracias a Vaca Muerta, donde el gas residual de los pozos (por falta de nuevos gasoductos y plantas de GNL para exportar el gas en barcos) podría aprovecharse para alimentar centrales termoeléctricas cercanas, y así ofrecer energía barata a las empresas tecnológicas. Esta ventaja comparativa es real.
Sin embargo, el costo social y ambiental podría ser demasiado alto. La Patagonia, con sus limitaciones hídricas, vería agravada su escasez de agua, mientras que la población local enfrentaría una mayor presión sobre la red eléctrica. El riesgo es que, a cambio de inversiones extranjeras (que llegan con muchos beneficios fiscales y de regulación por el Régimen de Incentivo a las Grandes Inversiones), el país pierda más de lo que finalmente logre capitalizar.
La experiencia de países vecinos ofrece lecciones valiosas. Chile y Brasil, por ejemplo, exigen que los data centers incorporen energías renovables en su matriz de consumo, desarrollen sistemas de refrigeración alternativos (por aire) y reserven una parte de su capacidad de cómputo para instituciones locales, como universidades y startups. Estas medidas no solo mitigan el impacto ambiental, sino que también aseguran que parte de los beneficios tecnológicos queden en el país.
Argentina debe aprender de estos modelos y establecer regulaciones claras. Exigir un porcentaje de energía limpia, garantizar el acceso local a la capacidad de cómputo y evaluar rigurosamente el impacto hídrico y energético son pasos indispensables. Sin estas decisiones etratégicas, el país podría repetir errores de otros territorios: atraer inversiones que agoten recursos sin dejar más que contaminación y escasez. Es un tema que debe ser debatido y analizado ya mismo por la dirigencia y la sociedad. Antes de que sea tarde.
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*Basado en el análisis del periodista Sebastián Di Doménica.*
[Video de referencia](https://youtu.be/BGEWWfFgiSs?si=RK3KGJf-H_yVVyzg)
