El mercado musical enfrenta una revolución sin precedentes. En solo un año, plataformas como Deezer registraron un crecimiento exponencial en el volumen de canciones generadas por inteligencia artificial, pasando de 10.000 tracks diarios en 2025 a 90.000 en 2026. Este fenómeno no solo redefine la producción creativa, sino que también plantea desafíos éticos, económicos y culturales para una industria que, durante décadas, se construyó sobre la autenticidad y el talento humano.
Herramientas como Suno, Udio o la tecnología de Gemini han democratizado la creación musical, permitiendo que cualquier usuario genere canciones completas en segundos a partir de simples indicaciones de texto. Lo que antes requería meses de composición, grabación y producción, ahora se resuelve con un clic. Sin embargo, esta accesibilidad ha abierto la puerta a prácticas cuestionables, como el farmeo de regalías, donde se suben masivamente temas sintéticos a las plataformas y se utilizan bots para simular reproducciones, para obtener ganancias sin un público real.
Las plataformas no han permanecido indiferentes. Deezer, Spotify y otras ya implementan mecanismos para etiquetar y detectar contenido generado por IA, y Deezer incluso dificulta su difusión algorítmica y sanciona de manera concreta el fraude. Pero el desafío es enorme: la velocidad a la que se generan estos contenidos supera la capacidad de moderación, y la línea entre lo sintético y lo humano se vuelve cada vez más difusa, especialmente para el oyente ocasional.
El impacto en los artistas es desigual. Figuras globales como Elton John, Billie Eilish y Paul McCartney han alzado la voz para exigir que los modelos de IA no utilicen sus obras protegidas por derechos de autor para entrenar algoritmos ni replicar sus voces o estilos. Para ellos, la IA representa una amenaza directa a la propiedad intelectual y a la esencia misma de la creación artística, basada en la experiencia y la emoción humanas.
Sin embargo, no todos los músicos ven este avance con recelo. En Argentina, artistas como Fito Páez y Daniel Agostini reconocen el potencial de la IA como herramienta de inspiración o punto de partida para la composición. Para ellos, la tecnología puede ser una aliada, siempre y cuando no reemplace el núcleo irremplazable de la música: la conexión emocional con el público, algo que, según coinciden, sigue siendo patrimonio exclusivo de los seres humanos.
El fenómeno también ha traspasado los límites de lo convencional con casos que desafían la imaginación. Los herederos de Gustavo Cerati autorizaron la recreación de su voz mediante un holograma e IA para conciertos póstumos y temas inéditos, y eso demostró que la tecnología puede ser un puente entre el legado artístico y las nuevas generaciones. Pero este mismo avance ha dado pie a la aparición de bandas e influencers virtuales, completamente generados por algoritmos, que acumulan miles de seguidores antes de revelar su naturaleza no humana.
El debate cultural es inevitable. ¿Puede una canción creada por IA transmitir la misma profundidad que una compuesta por un artista en un momento de vulnerabilidad o alegría? ¿Debe el público ser informado explícitamente cuando escucha música sintética? Estas preguntas no tienen respuestas simples, pero lo cierto es que el mercado está en pleno cambio, y las reglas del juego aún no están claras.
El desafío para los artistas, las plataformas y los oyentes es adaptarse sin perder de vista lo que siempre hizo especial a la música: su capacidad para conectar, emocionar y trascender.
Nota basada en la columna de Sebastián Di Domenica en Canal E. Más información en: Video original.
